lunes, 24 de marzo de 2014







                    Breve comentario a De ente y esencia de Tomas de Aquino



            En este trabajo nos abocaremos a comentar De ente et essentia de Tomás de Aquino[1]. No es nuestro propósito asumir cada uno de los acápites de los que se compone este opúsculo, sino elegir algunos en función de la pregunta que guía nuestra investigación: ¿En qué medida el ser non subsistens llega a sí mismo a través de la trascendencia hacia el Ipsum esse subsistens?

            De ente y la esencia, es un opúsculo filosófico escrito por Tomás en su juventud, luego de la obtención de su Bachiller Sentenciario en la Universidad de París en el año 1254.  Se trata de un texto que comenta la metafísica de Aristóteles ayudado por comentadores árabes y judíos[2]. En esta obra Tomás muestra sus primeros intentos de lectura original del pensamiento de Aristóteles, permaneciendo en general fiel a su pensamiento. Se concentra en tres asuntos: las substancias compuestas, las substancias simples y los accidentes[3].

            Hemos organizado nuestra exposición en tres apartados, intentamos respetar la línea de los argumentos de Tomás, no para repetirlo sino para explicitar una probable respuesta a nuestra pregunta. Por tanto, el trabajo que a continuación presentamos parte del texto de Tomás en base al cual hilvanamos nuestra explicación que busca aportar un grado de claridad a nuestro asunto.

Sobre el comienzo por el ente y su esencia.
           
            Comencemos con la distinción que hace Tomás entre la esencia y los accidentes y de qué modo en propiedad se puede hablar de la esencia. La esencia se da propiamente en las sustancias a la que le suceden los accidentes, la esencialidad de la sustancia, no obstante, es de la cual se puede decir los accidentes, dice Tomas: “Porque el ente de modo absoluto y primero se dice de las sustancias, y luego, de modo relativo, de los accidentes, de ahí que la esencia con propiedad y verdad esté sólo en las sustancias; y en los accidentes esté de manera relativa”[4].

            Nuestro autor distingue el modo en que se dice el ente a partir de la sustancia, de un modo absoluto se dice del ente mismo, por otro, de los accidentes se dice la sustancia de modo relativo. La distinción permite reconocer la prioridad que Tomas le da al ente sustancial, es decir, de quien se predican los accidentes. Veremos que el punto de partida en Tomas será la realidad misma del ente.

            De las sustancias encontramos que hay de dos tipos, dos modos de subsistencias, Tomas lo comenta de la siguiente manera: “Hay algunas sustancias que son simples y otras compuestas; y en unas y otras hay esencia; en las simples, sin embargo, de un modo más verdadero y noble. Son también, en cuanto tienen un ser más noble, causas de aquellas que son compuestas, al menos la sustancia primera y simple que es Dios. Mas como las esencias de esas sustancias están ocultas para nosotros, debe, por tanto, comenzarse por las esencias compuestas para que, empezando por las cosas más fáciles, la disciplina se haga más provechosa”[5].

            El comienzo que plantea Tomás es lo que esta más accesible al entendimiento humano, el conocimiento de lo particular, lo universal en cambio es lo más difícil y complejo[6]. En lo dicho por Tomás se observa claramente la distinción entre sustancias compuestas y simples. Las compuestas son las sustancias finitas y la simple se refiere a Dios. Encontramos un momento clave del pensamiento de Tomás, momento pedagógico, que va de lo más simple a lo más complejo o de lo más conocido a lo más desconocido, cuestión que según nuestro autor, nos traerá mayor provecho. Tomás vuelve a reafirmar el comienzo que nos expone de mejor manera a la claridad del esse finito.

            De que se trata este comienzo y a qué acceso nos abre el punto de partida de Tomas. Por un lado, a la unidad compositiva del ente a partir de la esencia. Respecto del hombre, no podemos decir que corresponde a una parte, ni al alma, ni tampoco al puro cuerpo, sino más bien al compuesto de alma y cuerpo[7]. Tomas piensa la realidad humana en su integralidad, de este modo, la esencia del ser finito humano es su propia constitución finita a través de la cual se realiza su esencia, por eso señala el aquinate: “En las sustancias compuestas son conocidas la materia y la forma, como en el hombre el alma y el cuerpo, y no puede decirse que se llame esencia a una de ellas”[8].

            Esta posición resulta más radical aún en el siguiente comentario de nuestro autor: “No puede decirse tampoco que la esencia signifique una relación existente entre materia y forma, o algo sobreañadido a ellas, porque esto sería por necesidad un accidente extraño a ella misma, y no se conocería esta cosa mediante ella, todo lo cual conviene a la esencia”[9]. Al ser finito no le viene su esencia como algo externo sino más de la propia constitución de su ser. Por lo tanto, enfrenta esa constitución como de suyo. En este punto se entreve un aspecto dramático de su existencia, en el mismo lugar donde descansa su total actualidad también se encuentra su potencialidad, experimenta su ser como impulso a ser en su misma constitución de ser finito.

           
La modalidad de determinación del ente.

            Sobre esto Tomas señala lo siguiente: “Así, pues, por medio de la forma, que es acto de la materia, la materia se hace ente en acto y algo determinado; por lo cual aquello que le sobreviene no le da a la materia el ser en acto de modo absoluto, sino el ser “tal cosa” en acto, del mismo modo como ocurre con los accidentes, así como la blancura hace lo blanco en acto. Por tanto, cuando se adquiere una forma determinada no se dice que es engendrada de un modo absoluto, sino relativo”[10]. La absolutez del ser finito (o ente) le es relativa ¿cómo se entiende esta paradoja? Lo que Tomas denomina “absoluto” no debe ser entendido como cerrado o suficiente en sí mismo, más bien debe ser entendido como lo ineludible de ser. En este sentido, no se está determinado a ser un cosa en particular, lo cierto es que la esencia se vive en una forma de determinación, pero esto no implica un forma de determinarción sin otras posibilidades.

            De alguna manera, en este aspecto la accidentalidad de la esencia ocupa un lugar central en las modalidades del ser. En relación con esto Tomas escribe lo siguiente: “De otra manera se considera la esencia en cuanto que tiene existencia en este o aquel ser concreto y en este caso se predica algo de ella misma por accidente en razón de aquello en lo que está, como cuando se dice que el hombre es blanco, porque Sócrates es blanco, auque al hombre no le convenga esto tanto que hombre”[11]. Lo dicho por Tomas implica comprender la accidentalidad de un modo esencial al ente, es decir, como lo que lo concreta en el amplio marco de determinaciones a las que tiene posibilidades, la accidentalidad, en este caso, le viene al ente desde sí mismo y al mismo tiempo de otro (porque lo concreta en relación con otras posibilidades), lo cual lleva ha experimentar al ente humano su ser como “petición” o exigencia de ser.

            Por lo anterior, en la medida que la esencia del ente guarda una estrecha vinculación con la historicidad y la voluntad de tomar su ser en las propias manos, el ente humano se comprende como totalidad y no simplemente desde un aspecto del ser, sino como ente real, así lo expresa nuestro autor: “Por lo cual es necesario que la esencia por la cual la cosa se denomina ente no sea sólo forma, ni sólo materia, sino  una y otra cosa, aunque sólo la forma, a su modo, sea causa del ser o de la esencia… Así, el dulzor se causa por lo cálido al disolver lo húmedo; y aunque, según esto, el calor es la causa del dulzor, no obstante, el cuerpo dulce no se denomina por el calor, sino por el sabor, el cual comprende lo cálido y lo húmedo”[12]. Expresado en un lenguaje contemporáneo, el sentido no se vivencia de modo parcial sino como totalidad o mundo.
           
            El ente es lo primero a lo que accede el entendimiento (entendimiento agente), por ello el ente se presenta universalmente ¿Cómo el ente se concreta desde esta universalidad, de qué modo permanece singular y, no obstante, preserva su carácter de universal? Es interesante pesquisar estos nudos paradojales en Tomás, por lo menos, desde la lectura que nosotros estamos haciendo aquí con miras a clarificar la pregunta que guía este trabajo. Veamos lo que nos dice el aquinate: “…es evidente que la naturaleza del hombre, considerada absolutamente, abstrae de cualquier existencia, de tal modo que no se hace precisión de ninguna de ellas, y esta naturaleza considerada así es la que se predica de todos los individuos”[13]. Hay una naturaleza individual común que se abstrae de la existencia concreta. En Tomás las abstracción no es enemiga de la  concreción del ente individual, al revés, ella permite que el ente clarifique su modo de ser realizando su esencia. No obstante, no debemos perder de vista que la prioridad la tiene el ente concreto.

             Tomás no busca formalizar el ente sino su modo de ser concreto en el mundo, es decir, el ente real. En entendimiento debe ser capaz de dar cuenta del ente real y evitar subordinarlo a un esquematismo formalizador[14], así lo refrenda Tomas: “Al género le conviene esencialmente ser predicado, puesto que entra en su definición. La predicación es algo que se constituye mediante la acción del entendimiento que compone y divide, teniendo, no obstante, fundamento en la realidad: la unidad misma de aquellas cosas que se dicen una de otra”[15].



La dramaticidad del ente: Universalidad y particularidad.

            Ahora bien, de qué manera el ser concreto, no obstante, su carácter de realidad universal, se tiene así mismo como asunto sin renunciar a aquello que, consecuentemente, lo clarifica y eleva. En este punto, leamos otra vez a nuestro pensador: “…es necesario que toda cosa cuya existencia sea distinta de su naturaleza, tenga la existencia por otro. Y puesto que todo lo que existe por otro se reduce a lo que existe por sí mismo, como a una causa primera, es necesario, por consiguiente, que haya alguna cosa que se causa del ser de todas las cosas, porque ella misma es sólo existencia; de otro modo habría que recurrir a una serie infinita de causas, ya que toda cosa que no es sólo existencia tiene una causa de su existencia, como se ha dicho. Es manifiesto, por tanto, que la inteligencia es forma y existencia y que recibe su existencia de un primer ser, el cual es sólo existencia y ésta es la causa primera, que es Dios”[16]. Desde una perspectiva ontológica, la dramaticidad del ser se relaciona no sólo con la condición finita ineludible del ente humano, sino que esa misma condición constituye su referencia a lo otro. Esto quiere decir que intentar escapar o evadir la otredad es evadirse de sí mismo como el asunto más propio. El destino del entendimiento es que para estar conciente de que entiende, requiere necesariamente de lo entendido como causa primera. Esto que sucede a nivel del entendimiento también ocurre a nivel de la existencia concreta del ente humano. De algún modo la criatura, hablando en términos más teológicos, da cuenta en tanto criatura, del creador. El esse del ente de este modo acontece y se conecta a Dios[17].

            Tomás explicita lo anterior diciéndonos: “Todo aquello que recibe algo de otro está en potencia en relación a éste y aquello que es en él recibido es su acto. Por tanto, es necesario que la misma forma o quididad que es la inteligencia esté en potencia con relación a la existencia que recibe de Dios, y que esta existencia sea recibida a modo de acto; por ello se encuentra el acto y la potencia en las inteligencias y no, sin embargo, forma y materia a no ser equívocamente. Por lo cual padecer, recibir, ser sujeto y todas las cosas semejantes que parecen convenir a las cosas por razón de la materia, convienen equívocamente a las substancias intelectuales y a las corporales…”[18].

            En De ente y esencia, la dramaticidad del ser en el mundo está protagonizada por el entendimiento. En Tomás el entendimiento, desde el punto de vista del conocimiento de las cosas y del fondo último de la realidad, nos conduce a la causa primera que en potencia la impulsa a ser. Por ello, a partir de los entes, que están en primer lugar a la mano, el entendimiento escala hasta la razón fundante de todas las cosas. Hablando más específicamente de la inteligencia, ella es desde el comienzo acto, tiene en sí misma contenido todo su despliegue, el cual no es infinito sino finito. A su vez, el acto de la inteligencia es, por un lado, pasivo porque lo recibe de otro (Dios), pero al mismo tiempo, porque está en potencia, la inteligencia experimenta el inteligir como actividad propia, es decir, constituye su modo más propio de ser.

            Este primer “movil”, sin embrago, para Tomás no es univoco, sino equivoco, no necesariamente nos conduce a la causa primera, es posible quedarse en los entes mismos como causa de sí mismos. En riesgo es no ascender. No conviene de la misma manera en que conviene a la materia y a las sustancias intelectuales. En Tomás el ser finito requiere de ayuda para trascender, la finitud no necesariamente implica trascender, para ello es necesario concebir la existencia como gracia entonces el esse puede dar el salto ontológico[19].

            Tomás se plantea la pregunta sobre “…de qué modo se encuentra la esencia en las diversas seres”[20]. Entonces señala que la esencia se encuentra o está presente de tres modos en la substancia[21]. Vamos a detenernos en el segundo modo en que se encuentra la esencia en las sustancias intelectuales. Hay un segundo modo en que encontramos presente la esencia, en las substancias intelectuales creadas. En este caso “el ser es otro que su esencia” ¿En qué consiste esta diferencia? En que “su ser no es absoluto, sino recibido”. Es decir, “es finito y limitado a la capacidad receptora”.  Sin embargo, aunque es relativo en esta diferencia abierta entre su ser y esencia, en términos de su quiddidad, es absoluto.

            En este punto Tomás genera un cruce en el que se encuentran lo dado y lo recibido, la recepción y lo recepcionado, el afuera y adentro de las substancias intelectuales, dice: “las inteligencias son finitas con respecto a lo superior [Dios] e infinitas con respecto a lo inferior; son, pues, finitas en cuanto a la existencia que reciben de algo superior”[22]. El ente finito no posee más que el límite que lo describe como finito, en este caso, finitud significa receptor. Un modo de recepción que es constituyente porque lo que recibo me trama como receptor, lo dado me crea[23]. Por otra parte, lo recibido es toda la trama de mi ser finito, lo relativo de mi ser es toda su grandeza y tragedia. Un aspecto fundamental es el que dice relación con aquello que define al ente finito, sólo un ser superior me regala lo que me constituye y es por eso que al mismo tiempo que recibo “me recibo” en él.



Conclusión.

            Hemos visto de qué modo la esencia reviste las características propias del ente en tanto finito; a  su vez, Tomás nos ha mostrado cómo se realiza en la finitud del ente su acceso de la trascendencia que no implica traicionar al ente concreto. No se trata de una trascendencia platónica, sino de una que esta vinculada con el mundo creado como obra buena y perfecta de Dios.

            Además, nos parece especialmente iluminador el punto de partida de Tomás porque de una manera positiva hace participar a la criatura del creador desde el drama de la vida, de la libertad y el pensamiento. En esta dirección, nos parece que Tomás entendería la dramaticidad del ser en el mundo, haciendo un esfuerzo de asumir con la mayor radicalidad posible todos los aspectos que caracterizan la vida concreta del ente finito a partir del desafío de ser desde y hacía el Ser.


[1] Dietrich Lorenz Daiber. Los fundamentos de la Ontología Tomista. El Tratado De ente et essentia (Universidad Católica de Valparaíso, Edición Bilingüe, 2005).
[2] Tomás de Aquino. Del ente y la esencia: traducción de Luis Lituma y Alberto Wagner de Reyna. (Losada, 2003), 7; Francisco Ugarte. Metafísica de la esencia. Un estudio desde Tomás de Aquino (Eunsa, Pamplona, 2006), 12-13.
[3] Eudaldo Forment ha sintetizado las tesis principales de El ente y la esencia (Eunsa, Pamplona, 2006), 263-264.
[4] Dietrich Lorenz Daiber. Los fundamentos de la Ontología Tomista. El Tratado De ente et essentia (Universidad Católica de Valparaíso, Edición Bilingüe, 2005), 73: “Sed quia ens absolute et primor dicitur de substantiis, et per posterius et quiasi secundum quid de accidentibus, inde est quod etiam essentia proprie et vere est in substantiis, sed in accidentibus est quodammodo et secundum quid”.
[5] Dietrich Lorenz Daiber. Los fundamentos de la Ontología Tomista. El Tratado De ente et essentia…, 73: “Substantiarum vero quedam sunt simplices et quedam composite, et in utrisque est essentia; sed in simplicibus veriori et nobiliori modo, secundum quod etiam esse nobilius habent: sunt eim cusa forum que composita sunt, ad minus substantia prima simples que Deus est. Sed quia illarum substantiarum essentie sunt nobis magis occulte, ideo ab essentiis substantiarum compositarum incipiendum est, ut a facilioribus convenientiorfiat disciplina”.
[6] Cf., Jan A. Aertsen. La filosofía medieval y los trascendentales. Un estudio sobre Tomas de Aquino (Eunsa, Pamplona, 2003), 160-161: “Tomas afirma que lo más difícil de conocer es lo universal, ya que es lo que más dista de las cosas sensibles, de las que parte todo conocimiento humano. Por tanto la ciencia más difícil es la que se ocupa de lo más universal”.
[7] Dietrich Lorenz Daiber. Los fundamentos de la Ontología Tomista. El Tratado De ente et essentia…, 104: “Y por esto, puesto que tiene mayor grado de potencialidad que las demás substancias inteligibles, está más próxima a la materia en tanto que atrae la cosa material para participar de su existencia, de tal modo que resulta del alma y del cuerpo una sola existencia en un solo compuesto, auque la existencia del alma no sea dependiente del cuerpo”.
[8] Dietrich Lorenz Daiber. Los fundamentos de la Ontología Tomista. El Tratado De ente et essentia.., 75: “In substantiis igitur compositis forma et materia nota est, utmin homine anima et corpus. Non autem potest dici quod alterum forum tantum essentia esse dicatur”.
[9] Dietrich Lorenz Daiber. Los fundamentos de la Ontología Tomista. El Tratado De ente et essentia…, 76: “Non autem potest dici quod essentia significet relationem que est inter materiam et formam, vel aliquid superadditum ipsis, quia hoc de necesítate esset accidens et extraneum a re, nec per eam res cognosceretur: que omnia essentie conveniunt”.
[10] Dietrich Lorenz Daiber. Los fundamentos de la Ontología Tomista. El Tratado De ente et essentia…, 76: “Per formam enim, que est actus materie, materia efficitur ens actu et hoc aliquid; unde illud quod superadvenit nom dat esse actu simpliciter materie, sed esse actu tale, Sicut etiam accidentia faciunt, ut albedo actu album. Unde et quando talis forma acquiritur, nom dicitur generari simpliciter sed secundum quid”.
[11] Dietrich Lorenz Daiber. Los fundamentos de la Ontología Tomista. El Tratado De ente et essentia…, 91: “Alio modo consideratur secundum esse quod habet in hoc vel in illo: et sic de ipsa aliquid predicatur per accidens ratione rius in quo est, sicut dicitur quod homo est albus quia Sortes est Albus, quamvis hoc non conveniat homini in eo quod homo”.
[12] Dietrich Lorenz Daiber. Los fundamentos de la Ontología Tomista. El Tratado De ente et essentia…, 77: “unde oportet ut essentia qua res denominatur ens nom tantum sit forma, neque tantum materia, sed utrumque, quamvis huiusmodi esse suo modo sola forma sit causa… ut patet in saporibus, quia ex accione calidi digerentis humidum causatur dulcedo, et quamvis hoc modo calor sit causa dulcedinis, nom tamen, denominatur corpus a calore sed a sapore qui calidum et humidum complectitur”.
[13] Dietrich Lorenz Daiber. Los fundamentos de la Ontología Tomista. El Tratado De ente et essentia…, 91: “…patet quod natura hominis absolute considerata abstrahit a quolibet esse, ita tamen quod non fiat precisio alicuis forum. Et hec natura sic considerata est que predicatur de invividuis ómnibus”.
[14] A. Aertsen. La filosofía medieval y los trascendentales…, 167. Según este autor Tomas se muestra en completo desacuerdo separar la primera causa del ente concreto, estableciendo de este modo la prioridad de lo universal sobre lo particular. Tomas, contra los neoplatónicos, defendería la unidad entre la causa universal y el ser concreto que concreta en sí mismo esa causa como ente concreto.
[15] Dietrich Lorenz Daiber. Los fundamentos de la Ontología Tomista. El Tratado De ente et essentia…, 94: Et tamen predicari convenit generi per se, cum in Rius diffinitione ponatur. Predicatio enim est quídam quod completar  per actionem intellectus componentes et dividentis, habens fundamentum in res ipsa unitatem forum quorum unum de altero dicitur”.
[16] Dietrich Lorenz Daiber. Los fundamentos de la Ontología Tomista. El Tratado De ente et essentia…, 102: “Ergo oportet quod omnis talis res cuis esse est aliud Quam natura sua habeat esse ab alio. Et quia omne quod est per aliud reducitur ad id quod est per se sicut ad causam primam, oportet quod sit aliqua res que sit causa essendi ómnibus rebus eo quod ipsa est esse tantum; alias iretur in infinitum in causis, cum Moniz res que non est esse tantum habeat causam sui esse, ut dictum est. Patet ergo quod intelligentia est forma et esse, et quod esse habet a primo ente quod est esse tantum, et hoc est causa prima que Deus est”; Sobre la interpretación de este acapite, cf., Jean Luc-Marion. Dios sin el ser (Ellago, Pontevedra, 2010), 297-307.
[17] Ángel Luis González. Ser y participación. Estudio sobre la cuarta vía de Tomás de Aquino (Eunsa, Pamplona, 1979), 176. En relación con esto comenta: “El esse es el primer y propio efecto de Dios; en consecuencia la causalidad trascendental divina es producción ex nihilo, pues exterior al ser no hay propiamente ningún término que lo reciba (el ser no es un contenido, sino acto de todo acto; propiamente el esse no tiene una esencia, sino que es la esencia quien tiene el esse); ni anterior, porque no hay un término a partir del cual pueda ser fabricado, pues el ser está incluido en todo lo que es. El objeto propio de la creación es el ser; la producción del ser ex nihilo se llama creación. La emergencia del esse, sobre la que se constituye la creación hace que Tomás de Aquino considere mutuamente entreveradas la prueba de Dios por los grados de ser y la creación”.
[18] Dietrich Lorenz Daiber. Los fundamentos de la Ontología Tomista. El Tratado De ente et essentia…, 103: “Omne autem quod recipit aliquid ab alio est in potentia respectu illius, et hoc quod receptum est in eo est actus Rius; ergo oportet quod ipsa quiditas vel forma que est intelligentia sit in potentia respectu esse quod a Deo recipit, et illud esse receptum est per modum actus. Et ita invenitur potentia et actus in intelligentibus, nom tamen forma et materia nisi equivoce. Unde etiam pati, recipere, subiectum esse et Omnia huiusmodi que videntur rebus retiene materie convenire, equivoce conveniunt substantiis intellectualibus et substantiis corporalibus…”.
[19] Utilizo la expresión “salto ontológico” tomándola de la exposición de Lorenzo Locatelli sobre el comentario de Tomás al  Super Evangelium S. Ioannis; Acta del 28 de mayo de 2013.
[20] Dietrich Lorenz Daiber. Los fundamentos de la Ontología Tomista. El Tratado De ente et essentia…, 105: “…patet quomodo essentia in diversis invenitur”.
[21] Francisco Ugarte. Metafísica de la esencia…, 114. “la esencia admite una triple consideración en la que podrán encuadrarse los diversos términos que la significan: la esencia singularizada en el ente concreto, principio constitutivo y determinante del modo de ser de cada cosa: lo que hace que este bronce sea bronce; la esencia en sí misma, independiente de las particularidades que le advienen por encontrase en los individuos: lo propio de hombre o humanidad; la esencia según las propiedades que le corresponden por estar en la mente: hombre en cuanto predicable de Pedro, de Juan y de cualquier hombre”.
[22] Dietrich Lorenz Daiber. Los fundamentos de la Ontología Tomista. El Tratado De ente et essentia…, 107: “…intelligentie sunt infinite inferius et finite superius; sunt enim finite quantum ad esse suum quod a superiori recipiunt…”.
[23] Ángel Luis González. Ser y participación. Estudio sobre la cuarta vía de Tomás de Aquino…, 189. Sobre esto señala lo siguiente: “…ya que todo lo que tiene alguna perfección es tanto más perfecto cuanto más plenamente la participa y todas las cosas que participan el ser del Ser no lo participan secundum modum essendi, tal como se encuentra, irrecepto, en Dios, sino particularizadamente, es decir, según un cierto modo de ser determinado, restringido por la esencia en que se recibe: el ser participado se limita a la vis receptiva del participante”.

viernes, 27 de abril de 2012

Una lectura al Libro II, capitulo VI, del De Anima: sobre la percepción auditiva.


Introducción


En el libro segundo del De anima, capitulo VI, Aristóteles explica el concepto de “sensible propio”: “Sensible”  se dice de tres clases de objetos, dos de los cuales diremos que son  sensibles por sí, mientras que el tercero lo es por accidente. De los dos primeros, a su vez, uno es propio de cada sensación y el otro de común a todas. Llamo, por lo demás, “propio” a aquel objeto que no puede ser percibido por ninguna otra sensación y en torno al cual no es posible sufrir error, por ejemplo, la visión del color, la audición del sonido y la gustación del sabor”[1]. El sensible propio, según nuestro pensador, es el objeto que le es propio a un sentido, por ejemplo, a la vista o la visión en la medida que ve un objeto, a la audición en la medida que escucha un sonido. En el caso de la visión el objeto o sensible propio a este sentido es el color, en el caso de la audición es el sonido. Son además, sensibles propios, porque estos objetos no pueden ser percibidos de otro manera, por ejemplo, el color por la vista, el sonido por la audición , el sabor por la gustación.
Por otra parte, en Aristóteles  el concepto de “sensible propio” se explica a partir de su doctrina de la potencia y el acto. En los análisis aristotélicos sobre cada uno de los sentidos la doctrina de la potencia y el acto es fundamental. Es lo que  lleva a Aristóteles  definir lo propio del sentido. Esto es, un sensible propio es un objeto que pone en movimiento, actualiza, lo que esta en potencia en un sentido, por ejemplo, en el sentido de la vista el ver, en el de la audición el percibir un sonido. Una cuestión central en el análisis de Aristóteles respecto a cada uno de los sentidos es el medio que posibilita el transito de la potencia al acto, por ejemplo, en el caso de la visión que tiene como sensible propio el color, Aristóteles dirá que el medio es la transparencia; en el caso de la audición que tiene como sensible propio el sonido, Aristóteles dirá que el medio es el aire.

En este ensayo buscamos probar lo siguiente: Aristóteles demuestra que el alma es agente productor de la voz explicando el modo en que se pasa del sonido en potencia al sonido en acto, en objetos estructuralmente capacitados para producir sonido. Para demostrar esta proposición central ofreceremos dos proposiciones intermedias con una serie de argumentos que se sustentan en el mismo texto de Aristóteles.



I

Primera proposición. Aristóteles muestra  las condiciones para que se pase del sonido en potencia al sonido en acto. Explica en que consiste el sonido en acto: “El sonido en acto es siempre producido por algo, contra algo y en algo”[2]. Es decir, el sonido es producido por algo (un golpe), de un cierto modo (el desplazamiento en un espacio) y sobre algo, un cierto soporte material potencial de producir sonido.

 Veamos el siguiente argumento aristotélico sobre este asunto y los textos que lo fundamentan. Para que se produzca un sonido ha de  haber un soporte material que tenga la capacidad de producirlo. Este soporte material actualiza dicha capacidad si su estructura es capaz de poner en movimiento una cierta cantidad de aire (desplazamiento). Es decir para Aristóteles el sonido es producido porque hay una estructura que puede cumplir esta función,  señala:   “De ciertas cosas decimos que carecen de sonido, por ejemplo, la esponja y la lana; de otras cosas -el bronce y los objetos duros y lisos-  decimos que sí lo tienen  porque pueden sonar, es decir, pueden producir un sonido en acto en aquel medio que se encuentra entre ellas mismas y el oído”[3]. No es cualquier estructura material la capacitada para producir sonido. Se necesita de un cierto soporte que tenga las condiciones de generar una cierta proporcionalidad. En el caso de la audición y el sonido, una cierta medida de aire en movimiento. El sonido para Aristóteles es una cierta medida o proporción. Esta proporción la vehicula el medio entre el órgano sensorio y el sensible propio de ese órgano. El paso de la potencia al acto esta en estrecha relación con esta proporción. La actualización acontece bajo una medida con la cual, por ejemplo, el sonido llega hasta el órgano sensorio del oído como sonido y no como ruido. Cuando esto ocurre lo que tenemos es el paso de la potencia de oír al oír en acto en términos de un cierto lógos (aisthesis). Subrayemos  de este primer texto de Aristóteles que el sonido es posible por ciertos objetos materiales que tiene la capacidad de producirlo y esto porque estos objetos materiales pueden entrar en relación con el medio que permite la adecuación entre el órgano sensorio y el sensible propio.

Un segundo argumento textual de Aristóteles dice lo siguiente: “Como acabamos de decir, el sonido no es el golpe de cualesquiera objetos; la lana, en efecto, no produce sonido alguno por más que la golpee, pero sí lo producen el bronce y toda suerte de objetos lisos y huecos: el bronce, por ser liso, y los objetos huecos porque en virtud de la repercusión producen reiterados golpes además del primero al no poder escapar el aire puesta en movimiento. Añadiremos que se oye en el aire y también en el agua, pero menos. El agente principal del sonido no es, sin embargo, ni el aire ni el agua, sino que es preciso que objetos duros se golpeen mutuamente y golpeen  el aire”[4]. Para que se produzca el sonido debe haber una agente o causa. Aristóteles señala que este agente es un golpe entre dos cosas u objetos duros. Sin embargo, a pesar de que no se produce sonido si no es porque primero se golpea algo contra algo, no basta el mero hecho de golpear, algo más se necesita y esto es que los objetos que se golpean entre si tenga una cierta consistencia y estructura (que incluye su forma), “duros” y “lisos”, dice Aristóteles. Es decir, los factores que condicionan la producción de un sonido  son un golpe y objetos de una determinada composición material. Si están presentes los dos factores anteriores  entonces el medio entra en actividad bajo una cierta proporción que en el caso de la audición es el sonido. El objeto material que tiene la capacidad de producir sonido además de ser duro y liso debe tener una  forma específica, es decir, debe ser hueco.  Aristóteles explica que los objetos que poseen una cavidad pueden albergar aire, lo dirá mas adelante cuando explica el órgano sensorio del oído. Los objetos huecos esta en mejor disposición para poner en movimiento el medio que hace posible el sonido esto porque pueden vibrar o, como dice Aristóteles, repercutir. Se puede reconocer de un modo medianamente accesible que para Aristóteles el sonido no es cualquier tipo de vibración, pero además que el agente del sonido no es cualquier golpe que se infiere a objetos capaces de producir sonido. Por consiguiente, se trata de un modo de poner en movimiento el medio en el cual el sonido en potencia pasa a ser sonido en acto y para ello se requiere de cierta proporcionalidad de la estructura material generadora del sonido, del agente que actúa sobre esta estructura, del medio que actualiza el sonido y del órgano sensorio que capta esta proporción.

En un tercer texto Aristóteles comenta: “¿Qué es lo que suena, el objeto que golpea o el golpeado?  Más bien uno y otro aunque de distinta manera: el sonido es, en efecto, el movimiento de algo capaz de moverse en la forma en que lo hacen aquellos objetos que, al hacerlos chocar, rebotan en una superficie lisa. Ya ha quedado aclarado que no  todo objeto que golpea y es golpeado suena, por ejemplo, si una aguja choca con otra aguja; antes al contrario, es preciso que el objeto golpeado sea liso para que rebote y vibre el aire en bloque”[5]. Nuevamente Aristóteles vuelve sobre los objetos capaces de producir sonido. Estos deben tener una cierta estructura para hacer posible el sonido. El soporte material  es necesario para que se produzca la proporcionalidad adecuada a un sonido. La estructura material debe ser aquella  capaz de “administrar” esta proporcionalidad que haga posible el paso del sonido en  potencia al sonido en acto[6]. Por otro lado, hay que subrayar de esta cita consignada que ahora Aristóteles enfatiza que el objeto golpeado ejerce una acción sobre el aire puesto en movimiento por él, es decir, es capaz de poner en movimiento una cantidad de aire. El objeto golpeado, por la vibración, es capaz de estar en movimiento, por consiguiente, es capaz de poner en actividad el medio del sonido y hacerlo de un modo sostenido, por lo menos, por una cantidad de tiempo y bajo un cierto control.


II

Segunda proposición. Aristóteles explica que en el caso del ser animado que puede emitir voz, un nivel más complejo de sonido, esto es posible porque el modo en que se pasa de la potencia al acto, además de poseer las mismas características “fenomenológicas”  que producen el sonido, el agente es el alma.

La proposición anterior esta sostenida en el argumento que demuestra, por un lado,  que la voz en el ser animado está en potencia porque posee el soporte material que funcionalmente posibilita la emisión de la voz. Pero la voz no es un sonido cualquier porque el agente es el alma. La voz es un modo muy peculiar de proporcionalidad y esto porque le esta  asociada una representación.

El primer argumento textual que respalda lo señalado anteriormente es el siguiente: “La voz es un tipo de sonido exclusivo del ser animado”[7]; por otro lado explica,   “Por lo demás,  aquellos peces de que se dicen que poseen voz- como los del río Arqueloo- se limitan a producir sonidos con las branquias o con cualquier otra parte por el estilo. La voz, por el contrario,  es un sonido producido por un animal pero no con cualquier parte de su cuerpo. Ahora bien, puesto que todo sonido tiene lugar cuando algo golpea sobre algo y en algo y esto último es el aire, lo lógico es que solamente emitan voz aquellos animales que reciben aire en su interior”[8]. Primero, según lo citado, la voz es el sonido peculiar emitido por un ser animado. Hay seres que aunque animados no pueden emitir voz porque no poseen la estructura orgánica material para ello, es el caso de lo seres animados que poseen branquias. Por otro lado, el medio de estos seres no es el aire por lo cual no poseen la estructura capacitada para recibir aire en su interior, condición necesaria para hacer posible la emisión de la voz. Por otra parte, al no tener como medio el aire no puede producirse el sonido bajo la  proporcionalidad que lo caracteriza, es decir, no se logra pasar del sonido en potencia al sonido en acto. Al no poseer la estructura fisiológica adecuada tampoco sucede que sean capaces de articular un sonido como el de la voz. Así como el sonido depende del aire y de objetos específicos que ponen en movimiento este medio que permite el paso del sonido en potencia al sonido en acto, así también la voz requiere de las mismas condiciones para ser posible. Un paso importante que Aristóteles da en el recién citado texto es el de la idea que sólo emiten voz aquellos seres animados que reciben aire en su interior, es decir, que pueden respirar o más bien realizar el movimiento que supone y requiere la respiración. Este tipo de seres poseen en si mismos la capacidad de poner en movimiento el aire bajo la acción del inspirar y el respirar.

En este sentido, veamos un segundo texto: “El órgano de la respiración es, a su vez, la laringe, cuyo funcionamiento está al servicio de otra parte, a saber, el pulmón: precisamente en virtud de este órgano los animales terrestres poseen más calor que los demás. Ahora bien, es la zona que rodea al corazón la que de manera primordial necesita de la respiración (…) En conclusión, la voz es el golpe de aire inspirado, por la acción del alma residente en estas partes del cuerpo, contra lo que se denomina tráquea”[9]; y a continuación,  “…la voz se emite al hacer que golpee contra la tráquea el aire contenido en ella sirviéndose al efecto del inspirado”[10]. Ahora Aristóteles procede a describir la estructura orgánica que caracteriza y capacita a los seres animados capaces de emitir voz. Como bien se puede leer en la cita anterior, Aristóteles menciona el pulmón, la traquea, la laringe, como las partes que posee un ser animado que respira y que necesita del aire de un modo vital. Sin embargo, estas mismas partes son las que le permiten “administrar” el aire interiorizado para hacer algo más que respirar, es decir, emitir la voz. Aristóteles explica que gracias a que respiramos es que es posible la emisión de la voz. Pero no solo basta con el acto de inspirar y respirar. Se requiere un modo particular de acción sobre el aire, un “golpe” lo denomina nuestro pensador. Este modo especial de actuar sobre el aire que implica en consecuencia la emisión de la voz, Aristóteles  lo atribuye al alma. Es decir, por un lado el ser animado que emite voz posee la estructuras capaces de producir este sonido, sin embargo, la voz es un sonido que posee la peculiaridad de conllevar un sentido y tener asociada una representación. Eso fundamentalmente, porque la posibilidad de representar a partir de un significado solo le es dada a los seres animado que tienen alma racional. En el caso de los peces solo poseen alma nutritiva.

Un ultimo argumento textual para fundamentar nuestra exposición dice así:   “Y, como dijimos, no todo sonido de un animal es voz –cabe, en efecto, producir sonidos con la lengua así tosiendo-, sino que ha de ser necesariamente un ser animado el que produzca el golpe sonoro y éste ha de estar asociado a alguna representación, puesto que la voz es un sonido que posee significación y no simplemente, como la tos, el sonido del aire inspirado”. El sonido, como ya hemos dicho,  es una cierta proporción, una medida de aire puesta en movimiento; siendo el sonido una medida es que podemos tener noticia de lo agudo y lo grave, según Aristóteles[11].  Además ha señalado nuestro autor que la voz es un sonido producido por un animal pero no con cualquier parte de su cuerpo. La voz es un golpe cuyo agente es el alma residente en estas partes de cuerpo, esto es, la traquea, la laringe y el pulmón. Estas partes son funcionalmente estructuras que permiten la emisión de la voz, particularmente la traquea, como ya también hemos dicho. El golpe sobre algo duro y liso permite el movimiento del aire que a su vez produce el sonido. El sonido es la proporción de ese aire en movimiento. Para que se produzca el sonido tiene que haber un golpe sobre un objeto con las características antes señaladas entonces de produce el desplazamiento del aire en una cierta proporción. Lo que sucede entre el golpe y el órgano sensorio de la audición es el sonido en acto.
Según nuestra lectura, Aristóteles explica el modo en que se produce el sonido en objetos capaces de generarlo y las estructuras funcionales que caracterizan al ser animado capaz de emitir voz. Lo mismo que ocurre externamente en la producción de un sonido instrumental sucede internamente con  los seres animados. Aristóteles además de destacar las estructuras fisiológicos que posibilitan que se produzca la voz, necesita explicar la causa que esta detrás del golpe sobre estas estructuras y e aire en movimiento que sirve de medida para la voz; sólo que ahora agrega que la voz es mas que un sonido en tanto lleva asociada una representación, puesto que la voz es un sonido que posee significación ¿cómo se lleva a cabo este golpe que produce la voz? No basta sólo con respirar, sino que implica una cierta forma de “retención del aire” o un control que lo proporciona. El ejemplo de la  tos le sirve a Aristóteles para explicar que no basta con el aire (la tos es una reacción violenta y no controlada) sino con una cierta manera de actuar sobre él. Se retiene el aire y se lo deja desplazarse en un movimiento proporcionado, la proporcionalidad esta dada por la intencionalidad que le viene al ser animado que  emite voz desde sí mismo, es decir, presuponiendo ya para la articulación un significado. Este significado asociado a la proporcionalidad con la que se articulada la voz es la representación que la acompaña.






Conclusiones.

 Hay cosas, que por su estructura, tienen la capacidad (potencial) de producir sonido, pero no basta con esto debe darse un golpe y un medio que actualice el sonido. Aristóteles analiza el modo en que se produce el sonido en los objetos duros y lisos con el objeto de explicar como se da la voz en el ser animado. La voz es el resultado de la estructura que esta capacitad de producir la voz, pero no basta solo con les estructura material, se necesita golpear  esa estructura   para actualizar la capacidad de producir la voz. El agente, vale decir, lo que golpea esa estructura (equivalente a los objetos lisos y duros que tienen la capacidad de poner en movimiento una proporción de aire) es el alma.
¿Cómo es esto posible? Fundamentalmente porque, por un lado, hay una estructura material que permite esto y por otro, porque los seres animados capaces de voz pueden hacer de ese sonido uno de carácter peculiar por la proporcionalidad que este conlleva, la de significar y representar. ¿Cómo sabe hacer esto el ser animado capaz de voz? Aquí arriesgo la siguiente respuesta: ha aprehendido a articular o hablar viendo a otros y escuchando de otros esta proporcionalidad. Aristóteles entiende al ser animado que posee alma racional como un “animal de lenguaje”, por el lenguaje se entiende la capacidad de argumentación y la “vida política” que esta detrás de ella. En esta idea que la voz posee un significado y por lo tanto conlleva una representación ya encontramos presente esta concepción aristotélica.



[1] De anima, traducción Tomás Calvo Martínez, 1983, Madrid, España. Ediciones Biblioteca Clásica Gredos; 417b 10.
[2] 419b 10
[3] 419b 5-8.
[4] 419b 15.
[5] 420a  20.
[6] 419b 5.
[7] 420b 5.
[8] 420b 15.
[9] 421a.
[10] 420b 20-25.
[11] Cf. 420a 30.